Miguel Celis Sandra Ballesteros
una banda de dos
photograpy
Después de un intento frustrado de viajar a este rincón del sudeste asiático durante la revolución azafrán de 2007, al fin nuestro sueño se hace realidad y dos años más tarde aterrizamos en el aeropuerto de Yangon, capital de Myanmar.
YANGON
Yangon, a orillas del poderoso río del cual toma su nombre, es una amalgama de gentes que vive en la calle, trabaja en la calle y come en la calle, haciendo que pasear por sus aceras gastadas sea un continuo esquivar de puestos de vendedores, chiringuitos improvisados y muebles de plástico de los innumerables salones de té. Un continuo trasiego de hombres vistiendo el tradicional longyi, mujeres protegiendo su rostro con la pasta de tanaka, y monjes con sus túnicas azafrán, te dan la bienvenida a esta ciudad de mansiones que evocan aromas de otros tiempos, de imponentes edificios coloniales en estado ruinoso y doradas stupas recubiertas de oro.
A la luz del sol, el brillo de la impresionante cúpula de la Shwedagon Paya es visible desde casi toda la ciudad, sus noventa y ocho metros de altura revestidos de láminas de oro, culminan en un descomunal diamante de setenta y seis quilates. Pero no es el oro lo que hace único a este lugar, sino el continuo fluir de peregrinos que atestan los cientos de pabellones que componen el complejo incluso al anochecer, cuando los últimos rayos del sol colorean el cielo de matices imposibles.
KYATIKIO
Después de la Shwedagon paya y la Mahamuni Paya de Mandalay, la espectacular stupa de Kyatikio, situada en el estado Mon, es el tercer centro de peregrinación budista de Myanmar. Camiones atestados de peregrinos recorren el último tramo de carretera hasta la parada de Yatetaung, desde donde aún queda casi una hora más de camino a pie, antes de poder contemplar la gran Roca Dorada. Esta inmensa formación granítica de más de seis metros de alto recubierta de láminas de oro, empequeñece a la venerada stupa que se alza sobre ella. Viéndola en precario equilibrio al borde del monte Kyatikio, se entiende la devoción con que los fieles la adoran, creyendo firmemente que un pelo de Buda la mantiene inamovible, desafiando a la ley de la gravedad durante siglos.
BAGAN
El fluir de las aguas del gran río Ayeyarwady nos lleva desde Mandalay a descubrir el magnífico recinto arqueológico de Bagán. Pagodas solitarias se asoman entre arrozales y paisajes fluviales de gentes que conviven estrechamente con el río, antesala del gran espectáculo que componen los más de tres mil templos y pagodas, repartidos en cuarenta y dos kilómetros cuadrados de tierra recalentada por el sol. Al atardecer, desde lo alto de una de las miles de stupas la estampa es si cabe aún más hermosa, cuando el horizonte se enciende con los últimos rayos de sol, y la bruma procedente del río envuelve los templos tornándolos de un color rojo intenso, casi cobrizo. La marea de stupas, pagodas y templos vago reflejo de su pasado glorioso, conviven hoy en día con los pastores de cabras y búfalos de agua, que se mueven entre ellos con absoluta naturalidad, exiliados forzosos de su propio pueblo, Viejo Bagán, regresan insistentemente a sus antiguos caminos, levantando nubes de polvo en la tórrida llanura.
LAGO INLE
Escondido entre montañas, muy cerca de la frontera con la vecina Thailandia, encontramos otro de los asombrosos tesoros de este país, el Lago Inle, con sus veintidós kilómetros de largo por once de ancho nos descubre un mundo insólito en el que la tierra se ha rendido ante las aguas, y los seres que lo habitan acomodados a este nuevo orden, construyen sus casas sobre pilotes, cultivan sobre campos flotantes de jacintos, mercadean, se desplazan y pescan sobre sus botes que son sus piernas, en este mundo anfibio en el que agua dicta las normas y sus habitantes se acomodan a ellas con naturalidad. Con las primeras luces de la mañana el lago aparece ante nosotros como un espejo, donde las montañas que contienen sus aguas se reflejan veladas por la neblina del amanecer, y los pescadores de la etnia Intha, mayoritaria en esta región, permanecen apoyados sobre una de sus piernas cual bailarines en asombroso equilibrio, mientras que con la otra impulsan sus embarcaciones dejando libres las manos para manejar sus redes y aperos de pesca.
KENGTUNG
Pocos viajeros se aventuran todavía hoy a Kengtung, capital del llamado triangulo de oro, y encrucijada de fronteras con China, Laos y Thailandia. Varias cadenas montañosas han preservado esta aislada región del estado Shan, abarrotada de remotas aldeas de minorías étnicas que aún hoy conservan su tradicional forma de vida. Visitar estas aldeas es una experiencia única, un viaje al pasado a tan solo unos pocos kilómetros de la “civilizada” Kengtung, en la que se nota la influencia modernizadora de sus países vecinos. La miscelánea de gentes, creencias, atuendos es tan diversa entre aldeas apenas separadas por unos pocos minutos que uno tiene la sensación de haber recorrido una gran distancia entre ellas. En nuestro recorrido descubrimos poblados Akha cuyas mujeres se adornan con un elaborado tocado confeccionado con monedas y cuentas de plata. Los Enn, fieles a sus creencias animistas, temerosos del agua y sus espíritus, visten ropajes negros y mastican una especie de betel que ennegrece sus dientes. Los Wa, sobrevivientes del bosque, no cultivan la tierra y se cubren la cabeza con una especie de turbante.
Sólo un puñado de niños nos recibe en uno de los asentamientos Loi, en lo alto de la montaña, más alejado de Kengtung. Varias familias comparten una gran choza asentada sobre pilotes en la que no hay separación alguna, solo unas esteras y el hogar donde hacen fuego para comer y calentarse, determina el espacio de cada unidad familiar. Muy cerca del poblado un espectacular monasterio de más de cuatrocientos años de antigüedad da cobijo a casi una veintena de niños procedente de las aldeas vecinas. Desde este lugar privilegiado somos testigos del fluir de la vida en el valle, salpicado aquí y allá de pequeños asentamientos con sus chozas de paja, una subsistencia sencilla, cuyos habitantes atesoran sus tradiciones cual reliquias del pasado.
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